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jueves, 16 de junio de 2011

El cachorrito de león


     Llamó al pequeño al jardín y se acostaron en el pasto mirando el cielo nublado. Martín sugirió buscar nubes con formas divertidas, pero Roberto le contestó que al ser un día repleto de nubes sería muy difícil encontrar una que se diferenciara del montón, a lo que el primero respondió “Lo tomaré como un desafío”.
     Luego de un buen tiempo el mayor replicó:
-Tenemos que hablar de algo muy importante
     Y Martín, sentándose con somnolencia sobre sus piernas respondió:
-Claro papá, te escucho
     Martín era un pequeño de 10 años, pero aún así era muy maduro para su edad. A punta de soledad debido al extenuante trabajo de sus padres, pasaba mucho tiempo en casa con la nana, Isabel, que no hacía más que planchar, lavar, cocinar, limpiar, y esas cosas que hacen las criadas del hogar, pero jamás hablaba con Martín, le tenía un respeto que parecía más miedo. Llegaba temprano del colegio y después de terminar las tareas se sentaba a jugar con sus autos de carreras marca Hot Wheels, en la escalera y de vez en cuando salía al patio. No tenía muchos amigos, pues vivía en una pequeña parcela a media hora del resto de la ciudad y del resto de los vecinos.
     Últimamente los tiempos habían sido duros en casa. Isabel había cogido un virus extraño del que hablaban en la televisión todos los días, así que desde hace un mes estaba ausente. Sus padres peleaban cada vez que se encontraban en el hogar. Antes solían preocuparse de que el pequeño no escuchase sus problemas, pero ahora no les importaba sacarse en cara los problemas del banco, las deudas, los espacios, las amigas, los amigos, la secretaria, el primo y todos los defectos y preocupaciones, en plena mesa durante la once o el almuerzo.
     Martín con inocencia pensaba que sus padres aún se amaban, y quizás si él se portaba bien les evitaría una disputa cada semana. Pero no era así, aunque hiciera las tareas y no hablara durante todo el día, de todas formas escuchaba su nombre salir de la boca de alguno de sus progenitores, pero jamás escuchaba qué venía después de él, pero alguien siempre terminaba llorando.
     Aquella tarde de Agosto, Roberto le contó:
-          -  Hijo, presta mucha antención e intenta comprender-inhaló hondo y comenzó-. Tu mamá y yo, como has notado, peleamos mucho y es porque no podemos solucionar juntos los problemas que se nos cruzan en el camino. Por lo cual yo tendré que mudarme. Hoy mismo parto a Calama a trabajar en la minería. Tú deberás quedarte con tu mamá, porque eres un pequeño hombrecito, después crecerás, y tú deberás cuidarla a ella. Nos veremos cada vez que pueda viajar a visitarte, pero puedes escribirme todas las veces que quieras por correo, le pides a tu madre ayuda para enviarlo.
-Nos... Abandonarás?- preguntó intentando comprender-.
-No Martin, no ¿Cómo puedes siquiera pensar eso, hijo? Sólo iré a trabajar al norte del país pero seguiré siendo tu padre, que no viva contigo no significará que deje de serlo. Por eso estoy aquí, para explicarte cuánto te amo y que aquello no cambiará aunque nos separen 12.000 Km.
-Está bien
-Pero recuerda, por sobre todas las cosas, ser un buen chico. Recuerda que la vida es muy bonita y que siempre hijo, escúchame bien, siempre puedes hacer un cambio en ella, que siempre le podrás encontrar un lado positivo, y que siempre habrá una luz que brillará cuando estés abierto a buscarla y hagas algo por merecértela. No te ha faltado, no te falta, ni te faltará comida, ni ropa, ni juguetes, pero debes saber valorar eso día a día, aunque es poco probable, podrías llegar a perderlo. Quiere a la gente y confía en ella, y si te fallan dales otra oportunidad, porque somos todos seres humanos y podemos equivocarnos, mientras sean errores y no maldades, tenemos todos derecho a ser perdonados. Lo que más lejos te llevará es el amor Martincito, el amor hacia tu familia, tus amigos, tus profesores, tus tíos, pero sobre todo, el amor hacia ti mismo, porque te dará la confianza para arriesgarte por aquello que deseas, te dará la fuerza y ayudará a que no flaquees en tus debilidades. Recuerda estas cosas hijo, son esenciales en tu vida, de aquí en adelante deberás aprender a aplicarlas día a día, y yo no estaré aquí para recordártelas, por lo que las debes haber entendido hoy.
-Sí pá
     Se abrazaron fuertemente y Roberto comenzó a llorar. Le daba pena el pensar que su hijo no se desarrollaría como todo niño, con dos padres que se aman, con una familia feliz y común. Ni siquiera tenía algún hermanito con el cual compartir juegos, penas y risas. Pero era demasiado tarde para darle un hermano. Ya se acerca la hora de partida pero las lágrimas y el pecho apretado, el estómago contraído y las manos sudorosas no le permiten despegarse de su primogénito.

     Se imaginó a su hijo llorando en la pieza, sintiéndose solo. Se lo imaginó despertando en la noche de una pesadilla, asustado, con miedo y no poder estar ahí para consolarlo y acariciarle el cabello hasta que volviese a dormir. Ya no lo iría a buscar al colegio a la 1, comprarle un Kapo antes de partir a casa y preguntarle cómo le había ido. No vería cada mañana sus ojos hinchados por el sueño y desayunando leche con Chocapic. No vería día a día sus ojos brillantes que sonreían junto con las margaritas de sus mejillas. Pero era una decisión ya tomada, y al fin y al cabo, lo mejor que podía darle a su hijo en ese momento, era un hogar con tranquilidad y un sustento económico para que no tuviese carencias.
Besó a Martín en la frente y lo llevó dentro de la casa, a su pieza. Buscó en su cajón un sobre amarillento del cual sacó una fotografía impresa dos veces en la cual salían los dos juntos una vez en verano en que habían lavado el auto con la manguera del jardín. Le dio una y guardó la otra en el bolsillo de su chaqueta.
-Adiós pequeño hombrecito
-Papá, papá!- gritó Martín persiguiéndolo por el pasillo- vi una nube por la ventana, tenía forma de cachorrito de león, será el cachorrito que nos cuide
-Pero hijo, aquí no hay leones
-Papá, en el cielo están los sueños ¿no? Eso me dijiste una vez
     Roberto volvió a quebrarse, pero prefirió aguantar un poco más, no debía mostrar dolor frente al pequeño, se suponía que le daría la alegría de saber los secretos de la vida:
-Te amo con todo mi corazón
-Yo te amo más papá
     Y Roberto marchó. Martín fue a la cocina, tomó un vaso de leche con chocolate. Y cuando volvió a su pieza, lloró hasta quedarse dormido.





lunes, 6 de diciembre de 2010

P a r 21


     Tomé su mano y la pegué a mi costado. No cruzo las calles si el semáforo está en rojo, nunca. Cambió de color y cruzamos aún de la mano, pero luego me la soltó con rapidez. No le gusta que tome su mano, creo que caminar a unos centímetros de mí lo hace sentir un tanto independiente. Se ve tan lindo hoy. Lleva unos jeans oscuros y una chaqueta azul marino. Sus ojos chocolatosos miran las vitrinas y a la gente, con soltura, sin miedo alguno. Vamos a una cita con el cardiólogo y se sabe el camino de memoria, incluso se aventura a caminar delante de mí, no sé si es por protegerme o como dije antes, su búsqueda de independencia.
      La próxima semana es el matrimonio de su prima Daniela, y aún no le he comprado una camisa, ni un vestido para mí. Como estamos adelantados en 30 minutos, irnos por un desvío no nos hará mal.
-Leonardo ¡LEONARDO!- grito varias veces pero parece no oírme. Muchas veces he tenido que gritar más de una vez  para que me oiga, porque su hipoacusia de transmisión lo limita auditivamente-. Leonar... nos iremos por otra ruta hoy ¿Te parece? Quiero comprar unas cosas y... no, no te preocupes sí alcanzaremos a llegar a tiempo.
     En la siguiente esquina doblamos hacia la izquierda por indicación mía. Noté enseguida su incomodidad puesto que es una calle por la que jamás había transitado, lo noté porque al doblar se detuvo de golpe pero luego siguió caminando aunque cada cierto tiempo miraba hacia atrás para ver si yo lo seguía. Su incomodidad se tornó en nerviosismo y sus relajadas manos, en puños apretados. No podría yo tener una conexión más intensa e infinita de la que tenemos ahora, él y yo. Puedo sentir el rápido palpitar de su corazón, puedo ver lo que sus ojos ven, puedo oler su temor, puedo sentir lo que siente, pero lo siento el doble. Él no es tonto, al contrario de lo que piensa la mayoría de la gente que, por ignorancia (prefiero creer que es por eso y no por crueldad), lo cataloga o etiqueta en aquella categoría. Él los ve a los ojos y los demás corren la vista rápido, creo que es porque se asustan o por respeto para que Leonardo no se sienta distinto, pero ya es demasiado tarde para eso. También  ha bajado la vista y va mirando el piso, con la cabeza gacha. Ya no camina tan suelto como antes ni mira las vitrinas. Damos la vuelta a la manzana y me pregunta si ya he visto lo que quería comprar, le respondo que no pero que mejor nos devolvamos porque si no, no llegaremos a la hora a la consulta del doctor, obviamente estoy mintiendo porque seguimos adelantados.
     Daría todo lo que tengo porque la gente lo viera como uno más. Nunca he estado de acuerdo con las masas que se sienten cómodas sólo con los que son iguales entre sí, todos pares.  Pero ser distinto (cuando no es por opción), duele. Me duele a mí y más le duele a él, o quizás es al revés. Cuando trato de hablar del tema con Leonardo, lo evade o simplemente se va y comienza a hacer otra cosa, no sé si es porque no sabe cómo expresar aquello que siente o porque no comprende. Realmente desearía que no comprenda todo esto, que él es distinto pero a la vez es el mismo y tiene los mismos derechos que muchos otros más. Él es alguien normal, se despierta de un largo sueño, desayuna, baila, abraza, besa mucho, almuerza, hace tareas, va a una escuela (un tanto distinta, pero va), llora, ríe, me ama y luego se va a dormir. Pero la ignorancia de la gente y el desagrado e incomodidad que le tiene a lo desconocido es algo difícil de cambiar.
     Llegamos a la consulta del cardiólogo y Leonardo relaja todos sus músculos. Nos sentamos a esperar y él me abraza con fuerza. Me hace sentir bien todo su cariño y cierro mis ojos.
     Por suerte yo sé luchar. Doy todo por él y me esfuerzo cada día porque sea la persona más feliz del mundo, dándole lo que cualquier persona de su edad desea. Él me ama, y yo lo amo profundamente para siempre, para siempre. Conozco todas sus facetas, todas sus reacciones en todo momento. Me costó un poco, no voy a negarlo, pero sin embargo yo lo quise desde el momento en que supe de él con todos sus “defectos” y todas sus virtudes. Le agradezco a Dios lo fuerte que soy, lo fuerte que he sido y lo fuerte que seré para seguir viviendo toda mi vida con mi hijo, un niño con síndrome de Down. 



domingo, 17 de octubre de 2010

Mía: Canela y Lavanda.


     Salí del baño y allí estaban. Parecían búhos quietos, tiesos, silenciosos, expectantes y ese piadoso brillo en los ojos. Me sentí realmente incómoda. Les sonreí (una sonrisa forzada) y ellos me sonrieron devuelta, mientras pretendían estar haciendo otra cosa.  Pero yo sabía que me estaban esperando, incluso le habían bajado el volumen al televisor. Ellos también sabían que yo sabía, pero querían convencerse de que no.    
     Caminé lentamente por el pasillo hasta mi habitación y sentía cómo sus ojos me devoraban a lo largo de mí caminar. Entré a mi habitación y cerré la puerta tras de mí ¡Qué asco este lugar! Me aburre demasiado, quiero volver a la escuela. Ya me sé cada detalle de mi casa, de tanto recorrerla como un espíritu ausente y liviano, porque es lo que soy, es como me siento.  Por ejemplo: la mancha en el techo del pasillo de cuando papá mató una araña, el azulejo flojo a la entrada de la terraza, la marca de plancha en la alfombra del cuarto de planchado que mamá intentaba cubrir con una pequeña mesita blanca, algunas manchas de crayones en la escalera de cuando yo era pequeña y que jamás se pudieron borrar del todo, y por último, cómo olvidarlo, las amarillentas manchas en el suelo del baño. 
    Mi pieza siempre está ordenada porque el psicólogo le dijo a mamá que “una mente sana y ordenada, se cultiva en un ambiente ordenado” y desde ese entonces no hay nunca ropa en el piso, ni zapatos fuera del closet, y siempre huele horriblemente a una mezcla entre canela y lavanda.
     Escucho murmullos, son ellos decidiendo qué hacer. Me acerco a la puerta para escuchar mejor. Hablan de lo mismo todos los días, hace exactamente dieciséis días.
-¡No entres ahí!
-Es un martirio, Raúl, debo saber si todo el trabajo ha dado frutos.
-Debes confiar en ella, prometió no hacerlo más.
-No sé cómo puedes estar así de tranquilo ¿Cómo confías tan plenamente en ella después de todo lo que ha pasado?
-¿Después de todo lo que ha pasado? Lo pasado es pasado mujer, ¡ya déjalo ir!
-¿Cómo pretendes que lo deje ir?- comenzó a llorar la nerviosa mujer-. Si cada día la veo y sigue igual de débil, sigue igual de pálida y fantasmagórica, su sola presencia me asusta.
-Me asombra tu frialdad al referirte al tema- dijo el hombre horrorizado.
-Ni sus dedos quieren volver a ser los de antes- continuó como si no hubiese escuchado-, amarillentos, curvos y esas uñas...
     Era verdad, ya nada es lo de antes. Ni física ni mentalmente. Sobretodo físicamente. Pero ya del pasado nada se puede cambiar. Me dejé llevar, me dejé arrastrar. Me esfuerzo duramente para satisfacer sus exigencias, para que las cosas “sigan su curso normal” y todo “vaya de acuerdo a lo planeado”. Pero ella no lo sabe, no lo quiere apreciar. Sin embargo, no la culpo, ella no es la culpable. Ni yo misma me tengo confianza, es más, mi falta de seguridad es lo que me llevó a esto. Lo que nos arrastró a todos al mismo infierno.
     Hago lo imposible por no decapitar al sínico de mi psicólogo, el señor Pool, Francisco Pool. Lo odio casi tanto como una vez me odié a mí misma. Pero hablo con él por ellos, todo lo que hago es por ellos. Me dicen que voy muy bien, que están orgullosos, pero me mienten. Si realmente fuese como ellos dicen, no irían al psicólogo ellos también, no leerían libros de autoayuda, no se pelearían por saber quién es más culpable, y no llorarían por separado creyendo que nadie los escucha. No saben que nadie, soy yo.
     Golpean la puerta de mi habitación:
-Ya es la hora, pero antes ¿Te las traigo con agua o jugo?
-Agua, por favor- respondo abriendo la puerta.
     Me miraba con una amplia sonrisa dibujada en su rostro, pero se notaba en sus ojos que se había quebrado algo, aquello lleva roto casi un año. Me da pena que tenga que pasar todo esto por mí. Me dieron ganas de abrazarla y besarla, pero no lo hice por respeto. Sé que le doy asco. Y ¡vamos! ¿A quién no? Si yo misma me asusto al verme en un espejo. Soy apenas los huesos solitarios de la antigua regordeta rodeada de amistades.
-Listo, aquí están. Te esperamos abajo en cinco minutos.
-Está bien, muchas gracias- tomo el vaso de agua y te marchas lentamente.
     Miro los circulitos de colores en mi mano ¡son un montón! Desearía que estuviesen hechos con químicos letales, pero no es así. Y nadie muere de una sobredosis de vitaminas. Me meto la primera mitad a la boca y pienso “debo alejar estos estúpidos pensamientos de mí”
-Ésta va por papá.
     Me meto la segunda mitad a la boca, mientras recojo mi bolso, al Sr. Pool no le gusta que lleguemos tarde a sus citas. Y murmuro:
-Y ésta por mamá.